Ciudad De México, 08 de julio de 2026.- La seguridad es un estado mental y constituye el escudo psíquico del instinto de supervivencia, según plantea Eleanor Everett. La búsqueda prioritaria del ser humano es esta seguridad mental, la cual permite al individuo dormir, comer, pensar, vincularse, proyectar, actuar y resolver con relativa estabilidad.
Lo fundamental de la seguridad radica en la sensación de estar seguro, basada en la creencia de conservar un margen de previsión, respuesta y control. Sin embargo, cuando sucede algo fuera de ese margen, la estabilidad y la seguridad pueden romperse en un segundo. Ante esto, se activa un mecanismo autónomo de alarma: el cuerpo se pone en tensión, se entra en pánico y luego en crisis. Un ejemplo de evento que puede desencadenar dicha crisis es perder el celular.
Al entrar en crisis, la vida queda en suspenso hasta reestabilizarse. Frente a esta situación, existen dos opciones: obsesionarse mentalmente con armar el rompecabezas del control para sentir alivio, o aceptar que la seguridad es una ilusión y confiar en la vida. La mente tiende a crear escenarios catastróficos para integrarlos al catálogo de posibilidades y estar preparada en caso de que sucedan.
Everett describe al miedo como un “delincuente emocional que asalta nuestra psique y se esconce a la mirada de la conciencia, para susurrarnos horrores al oído hasta ponernos frenéticos, ansiosos, angustiados, sin que hayamos apuntado las placas”. Para existir y evolucionar, el ser humano necesita reducir su vulnerabilidad, lo cual logra coexistiendo con sus semejantes.
No obstante, cuando la vida se organiza socialmente, la seguridad se vuelve un asunto complejo. Esta se enajena, pierde su cualidad de estado mental, se coloca fuera de nosotros y se pone en manos de los líderes. La seguridad se jerarquiza: se está y se siente más seguro mientras más se asciende socialmente, se tiene más poder y más recursos para “administrar seguridad”.
Paradójicamente, se es más vulnerable mientras más poder y libertad se ha cedido. El ser humano no busca únicamente sobrevivir, sino escalar a un lugar que le permita sentirse menos expuesto y, si es posible, poderoso. El poder literalmente embriaga y se vuelve adictivo, ya que activa circuitos de recompensa.
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