Por Monserrat Californias
Cada 25 de junio se conmemora el Día Mundial del Vitiligo, una fecha creada para visibilizar esta condición dermatológica y combatir el estigma que afecta a millones de personas en el mundo.
Se calcula que afecta al 1–2 % de la población global, unos 100 millones de personas, provocando pérdida de pigmentación en la piel y repercusiones sociales y psicológicas importantes.
Aunque no es contagioso ni mortal, genera discriminación y baja autoestima, por lo que el enfoque va más allá de lo médico: busca inclusión y empatía.
En México, el vitiligo representa entre el 2 y el 4% de las consultas dermatológicas, situándolo entre las cinco dermatosis más frecuentes. La prevalencia familiar es alta: el 40 % de los casos tiene antecedentes hereditarios, aunque la enfermedad necesita un disparador ambiental, como estrés, heridas o quemaduras solares.
El vitiligo es de origen autoinmune y multifactorial, donde el sistema inmunológico destruye melanocitos —las células pigmentarias—por una predisposición genética y disparadores como estrés o daño cutáneo.
No existe evidencia de que las personas con vitiligo sean “excesivamente controladoras”: este mito carece de sustento clínico. En realidad, la condición puede afectar la autoestima, desencadenar ansiedad y depresión, especialmente en mujeres e individuos con piel oscura.
Las consecuencias psicológicas son reales: entre el 54% y 70% de pacientes reportan baja autoestima, ansiedad o depresión, afectando la calidad de vida.
No se trata de un rasgo de personalidad, sino de la reacción emocional a la visibilidad de la condición. Estudios respaldan que la terapia cognitivo‑conductual y el apoyo comunitario (autoayuda, redes, grupos en línea) fortalecen la resiliencia y la aceptación.
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